La
habitación está oscura y no escucho ruido alguno. Solo siento mi corazón
confundido… ¿por qué? ¡¿Por qué?!
¿Qué
tanto estoy cediendo? ¿Mi cuerpo? ¿Mi vida…? No… y si. Simplemente lo estoy
cediendo todo pues en el momento en que las cuerdas se tensaron en mi cuerpo,
ya no tuve opciones. Pero… ¡¿por qué?!
Me
gusta. Me encanta y me enloquece… la incertidumbre, la sorpresa, el miedo...
estoy temblando y la oscuridad que me rodea no me permite pensar en algo fuera
de mi misma. Siento mi cuerpo que reacciona como leona enjaulada… se prepara de
toda forma imaginable pues lo he cedido todo.
Escucho
unos pasos afuera y me imagino que tendrá preparado… con que regresará.
Mi
piel… siento el roce de las cuerdas… ¿he de esperar una caricia o un latigazo? ¿He
de esperar ambos en rápida sucesión? Un escalofrió recorre mi espalda.
Hace
mucho que me deje de preguntar el porqué… ya solo me importa el para qué. Esta
sensación y las que han de llegar cuando la luz se encienda e inicie una nueva
sesión.
El
dolor… es tan hermoso. Es precioso. Me castigo una y otra vez con él y me
reafirmo una y otra vez con él.
Y
entonces… al estar sufriendo el goteo de la cera en mi piel, los latigazos en
mi espalda ó cualquier inmerecido castigo… doy las gracias, humillándome aún
más. ¡¿Por qué?!
Pocas
personas lo saben… y comparten su opinión… “Estás loca”. Y solo atino a pensar
que no deseo un bombeo rutinario… no quiero flores ni caricias… quiero golpes y
latigazos, quiero mordidas y quiero cicatrices. Quiero a mi amo para echarle la
culpa de todos mis demonios, para coronarlo y maldecirlo. Agradecerle por
cumplir su papel.
Sufro…
duele realmente… y me encanta, me excita y las cuerdas en mi pubis me rozan… no
tengo ni la mínima libertad para complacerme pues le he cedido todo… mis
momentos y mis tiempos… mi deseos y mis voluntades… mis pasiones. Y sigo en
ascenso….
Y
un pequeño roce más… y exploto.
Esta
sensación… este contraste. Me retuerzo de dolor y al siguiente instante me
retuerzo de placer. Esta diferencia… esta amalgama que revuelve mi corazón.
Estoy en el abismo y al siguiente instante respiro el impío aire del cielo. Soy
esclava de esta sugestión casi hipnótica.
Siempre
es así…
Y
la oscuridad continúa rodeándome… el miedo aumenta y las cuerdas en mi
entrepierna se mojan. Tiemblo ahora y viviré temblando.
Nunca
he pedido misericordia… solo pido más. Continúa, sigue así… quiero el dolor.
Pégame, castígame… hazme sufrir. Si me desmayo, ahógame… si me niego, oblígame.
Clava aquí y clava allá… deja tu marca en mí y seguiré siendo tuya.
Humíllame.
Y
la luz se enciende y respiro profundo. Un azote… y una cicatriz más. Mi espalda
se abre de lado a lado con un fondo escarlata y me retuerzo del dolor.
Uno
más y otro… y tensó mis dientes y pido más, lo agradezco y espero la siguiente
sorpresa que no llega. La luz se va nuevamente.
Y
me pregunto cuánto tendré que esperar para sufrir. Ya lo hago al ser consciente
de la espera y una sonrisa se dibuja en mi rostro. Una niñita con una bola de
helado que desprecia al caer pero sigue deseando saborear. Soy la niñita y soy
el helado.
Deseo
la sensación… deseo el sufrimiento y el dolor. Deseo retorcerme en placer
cuando la aguja se clave en mi pezón. Así muero en el dolor.
Deseo
la pena y la lástima… los insultos y la humillación. Deseo correrme y que el
orgasmo recorra mi espalda… que llegue a mi cabeza justo con una cachetada. Así
muero en el dolor y renazco en el placer.

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