- ¿Qué haces? – pregunto aysel.
- ¿Qué te parece que hago? – contesto olian, el fauno. Mientras que hacia lo que todas los días hacia, prepararse para rondar el bosque en busca de presas para alimentarse él y a su esposa. Aysel la dríade.
Aysel soltó un bufido, y se encamino al sillón. Se acomodo perezosamente en el y se dispuso a dormir. Estaba harta de su esposo y sus malas maneras. Decía que iba a cazar, pero realmente nunca llegaba con una presa digna de ella.
El Fauno salió de la casa, y como siempre no volvería hasta entrada la noche. Aysel entonces dormitaba, hasta que un toquido en la puerta la despertó.
- ¿Quién es? – pregunto bostezando.
Nadie contesto. Pesadamente se arrastro hasta la puerta. Ahí estaba el. El Elfo que se acostaba con Zahara durante las noches, y que a ella la atendía durante el día.
- Pensé que no llegarías. ¿quieres algo de tomar? Tengo hidromiel.
Sin esperar respuesta le sirvió un trago, y sin muchos preámbulos a los pocos minutos ya se encontraban encamados.
Cuando los besos y las caricias terminaron, cuando la pasión se extinguió, el elfo hablo.
- Aysel, tengo que hacer algo… - Sin previo aviso, y sin el menor atisbo de piedad, saco un cuchillo que había colocado previamente junto a la cama y la apuñalo. Como cualquier cuchillo mágico este absorbió toda la sangre de Aysel, quien poco a poco se iba extinguiendo. “¿porque?” era la pregunta que el elfo veía en sus ojos.
- Es para Zahara. Esta fabricando una posición capaz de destruir a todos los mundos, pero necesita sangre mágica. Y como no le daré la mía, tu eres el perfecto sacrificio. Disfruta de tu muerte lenta Dríade. ¿Sabes? No creo que si quiera tu esposo te vaya a extrañar.

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