Todos en el pueblo recuerdan
aquella ocasión cuando el “loquillo” se ganó su apodo. Los primeros en
escucharle fueron el Alcalde Rodríguez y el Sr. Jiménez, el dueño de la
Hacienda Potro Alegre. Ambos estaban en la cantina de Don Rodolfo tomándose
unos tequilas cuando el loquillo entró corriendo al lugar asustado y gritando.
Decía haber escuchado voces en el bosque, cerca del sendero.
“El Sendero”, como le habían
apodado los imaginativos pobladores de Coxolapán, es un camino no muy angosto
de dos líneas de tierra que cruza el bosque de lado a lado y que, en tiempos de
lluvia, la neblina lo cubre completamente.
Aquel día, el loquillo contó
decenas de veces lo que le había pasado. Dijo que estaba acechando un venado y
que al hacerlo, se adentró en el bosque y se alejó del sendero hasta perderse,
caminó hacia atrás sus propios pasos y cuando alcanzó a ver de nuevo el
sendero, escuchó voces que provenían del mismo bosque. “Espíritus del bosque”
los llamaba él.
Muchos dicen que inventó esa
extraña locura para justificar el hecho de que el venado se le haya escapado y
que su esposa no lo medio matara, pues todos saben bien que el loquillo es
medio mandilón, otros afirman haberlo visto en la cantina la noche anterior
tomándose un pulque y que la historia habría surgido de un mal viaje, pues todos
saben también que el loquillo es mala copa.
Sea lo que haya sido, nadie
en todo el pintoresco pueblito puede negar que exista algo especial en su
bosque. Los ancianos cuentan que hace mucho tiempo, cuando Coxolapán fue
fundado, hubo muchas iniciativas diferentes para deforestarlo pero que los
pobladores se negaron rotundamente a ello. Dicen que por eso el bosque se
siente en deuda con los habitantes y que nunca les hará daño.
Cuando los adultos lo
piensan, admiten que nunca han escuchado que alguien se pierda, que sufra un
accidente o sea atacado por algún animal salvaje en aquel bosque. Lo más
románticos afirman que al entrar al bosque empiezan a sentirse felices, alegres
y joviales, como si toda la energía les fuera transmitida por las hojas de los
árboles en su vaivén o la neblina que algunos afirman que no provoca frío.
Pero cuando recuerdan al
loquillo y sus historias todos se ríen y brindan por aquella ocurrencia.
Han pasado ya más de cinco
años desde aquel día y, aunque los niños gustan en soñar con los espíritus del
bosque y los adolescentes hacen cursis promesas en su nombre, nadie creé en
ellos en verdad.
Hoy, una vez más, todos
giran la cabeza y ven al loquillo. Desde hace mucho tiempo sigue la misma
rutina. Toma un pedazo de roble, se dirige al bosque para tallarlo y regresa
con una nueva estatuilla de madera. Lo ven y algunos se ríen disimuladamente,
otros cuantos no son tan discretos y le gritan burlas. A él ya no le importa.
Entra al bosque por el Sendero y se desvía a su derecha justo por donde salió corriendo aquella vez.
Se sienta en el suelo en el sitio exacto donde aquellas voces le llamaron y les
pide que vuelvan a hacerlo, se disculpa por su miedo, por su mente de
cuadradito y espera ansioso una voz.
Una vez más, la voz no
llega. Se hace tarde y el loquillo se levanta. Se inclina con devoción, deja el
pedazo de madera y recoge una estatuilla… tallada por los espíritus del bosque.

No hay comentarios:
Publicar un comentario